Desde Rusia con amor – versión española

Cuando era pequeña mis padres emigraron de Rusia a España para empezar una nueva vida. Entre que se acomodaban y adaptaban al nuevo país yo me quedé a vivir con mis abuelos. Después del años escolar llegaron las vacaciones de verano y era entonces cuando mis abuelos y yo fuimos a visitar a mis padres desde Moscú hasta Madrid en un viaje en tren que duraría cuatro o cinco días. Yo tenía entonces 6 años y ese viaje marcaría mi vida para siempre, sembrando la curiosidad e inquietud por viajar que me acompaña hasta hoy.

Nací en Moscú en un país que despierta en las personas muchos sentimientos contrarios. A algunos les fascina, a otros les produce rechazo, pero sea como fuere es un país que no te deja indiferente. Crecí en plena época comunista que ya en aquellos años estaba llegando a su fin y con todo lo que eso suponía: la Perestroika, la crisis económica en la que estaba inmerso el país y el gran déficit de productos de primera necesidad que obligaba a la mayoría de los ciudadanos usar papel del periódico KOMSOMOLSKAYA PRAVDA  o  IZVESTIA en lugar de papel higiénico. Esto lo recuerdo claramente, porque en casa de mi abuela en el servicio había pequeños trozos cortados de periódico que sustituían al papel higiénico y donde podías leer frases en ruso y sin contexto que en algún momento habían formado parte de una noticia de mayor o menor importancia. Ese viaje en tren fue algo muy especial. Primero, porque dormías en camas colgantes de tres pisos que te adormecían con el chu cu chu del tren. Los paisajes cambiaban a medida que transcurría el recorrido y para una niña de seis años eso resultaba fascinante. Segundo, porque el tren tenía todo tipo de olores: a pepino salado, huevo cocido,  pollo asado envuelto en papel de periódico (el papel aluminio era un bien escaso) y los pasajeros se preparaban para el gran viaje con sus equipajes y despensas móviles. Yo caminaba por los estrechos pasillos del tren y podía ver que cada compartimento era como una pequeña casa con diferentes personas que te invitaban a probar diferentes comidas entre sus provisiones, además de caramelos y otros dulces irresistibles. No obstante, el mejor lugar del tren era el bar -restaurante donde servían té, café y otras delicias, siendo el té y la forma en la que te lo servían el producto estrella. Venía en un portavasos tradicional ruso llamado podstakannik con vaso de vidrio y la emoción que nacía en tu ser al beber ese té, en ese podstakannik, era lo que le ponía la sal y la pimienta al viaje. Tercero y último, porque el tren iba parando en las diferentes ciudades europeas y teníamos unas horas para admirar las vidas de las ciudades europeas al otro lado del muro. Ese viaje fue tan intenso que tenía la sensación de estar viviendo una vida paralela.
podstakannik
18 AÑOS MÁS TARDE
me encontré otra vez en un tren que tenía que llevarme de Varsovia a Moscú. Por aquel entonces estaba estudiando en Cracovia y aprovechando una pausa en la universidad decidí visitar a mis abuelos en Moscú. Teniendo en cuenta mis recuerdos de la infancia elegí como medio de transporte el tren que me parecía muy romántico. Gestioné el tema del visado, me compré el billete, preparé la maleta y todo parecía más que preparado, excepto que la noche antes de marcharme conocí a un americano en una fiesta que había hecho ese mismo viaje hacía un par de años antes. Me preguntó entonces si tenía el visado de transito por Bielorrusia. Ahí fue la primera vez que escuché el término visado de tránsito y desde luego no tenía idea si lo tenía o no. Lo que tenía seguro era un visado a Rusia y un billete de tren a Moscú. Efectivamente, el tren pasaba por Bielorrusia pero nadie en ningún momento me dijo que se necesitara algo más que estas dos cosas. Llegó el gran día y me embarqué en mi gran nueva aventura con una ilusión grandísima. En el compartimento del tren conocí a Tatiana que tampoco tenía idea de visados de tránsito, sin embargo me dijo una cosa.
– María, tú bajo ningún concepto te bajes de este tren. Brest es la ex-Unión Soviética y aquí te puede pasar de todo. Si hace falta, soborna al agente que revisa los pasaportes, pero NO TE BAJES DEL TREN.
Dicho esto, se quedó más tranquila y continuó contándome algo de su vida que ya no me acuerdo.
2 de la madrugada en Brest, Belorrusia.
Unos golpes en la puerta de los compartimentos interrumpen los sueños de los pasajeros.
– Control de pasaportes. ¡Abran la puerta!
Un tipo vestido de uniforme verde militar y grande como un armario se encontraba al otro lado de la puerta del compartimento esperando a que le entregáramos los pasaportes. Tatiana le entregó el suyo y yo el mío. El pasaporte de Tatiana no tardó en regresar a sus manos, pero mi pasaporte estaba siendo revisado minuciosamente. El agente pasaba las páginas y parecía estar buscando algo que no podía encontrar. Finalmente preguntó:
Devushka, gde vasha tranzitnaja viza? (Señorita, ¿dónde está su visado de tránsito?) Estaba claro que no lo tenía.
Kakaja tranzitnaja viza? (¿Qué visado de tránsito?)
Me contó que para pasar por el territorio de Bielorrusia necesitaba un visado de tránsito que se solicita en la embajada de Bielorrusia y cuesta 20 dolares. (ese era más o menos el precio en aquel entonces). Me hice la sueca y le dije que me habían dicho que lo podía comprar en el tren.
Net, nel`zja. (No, no se puede). En pocas palabras me dijo que me viaje había terminado ahí y que sacara mis cosas y me bajase cuanto antes del tren. Me quedé de piedra, pero más estupefacta parecía Tatiana.
-María, recuerda lo que te dije. Ni loca te bajes de aquí. Ahora mismo vas y le vuelves a decir que vas a pagar por ese dichoso visado.
Seguí su consejo y volví a preguntar al agente si podía venderme el visado. Le supliqué como pude, pero lo único que conseguí fue aumentar unas décimas más la temperatura de su sangre. Enfadado me agarró de los hombros, me empujó a un compartimento vacío y me dijo disgustado que no se podía y que me bajara ya. Sin embargo, pasados unos segundos me dijo:
Vy govorite po angliski? (¿Habla inglés?)
Necesitaba mi ayuda y me pidió que lo siguiera. Lo seguí por los estrechos pasillos del tren contenta de poder servirle y con esperanza de que si lo ayudaba, quizás cambiaría de opinión y me dejaría continuar el viaje. Llegamos a un compartimento al final del pasillo. Él abrió la puerta y vimos el siguiente cuadro. Una pareja de americanos ya en sus sesenta, vestidos de pijama blanco. Él con gorro de dormir y sujetando los dolares como un abanico abierto. Nos miraban desconcertados y con cierta esperanza en su mirada de que el poder del dolar pudiera resolver esta incómoda situación. Pero el poder del dolar no pudo y con todo mi pesar, tuve que traducirles el siguiente mensaje:
– Al no tener visado de tránsito no pueden continuar este viaje. Tienen que regresar a Varsovia y a través de la embajada bielorrusa arreglar todo. La señorita, es decir yo, también se bajará con ustedes. Hagan el favor de bajarse cuanto antes.
Y así fue. A las 3 de la madrugada estábamos en el andén de Brest en medio de la noche más perdidos que un alfiler en un pajar.
Había un tren que regresaba a Varsovia y llegaba sobre las seis de la mañana. Tuvimos que comprar nuevamente un billete de vuelta y plantearnos en esas tres horas qué hacer después. Yo me encontraba bastante disgustada viendo el rumbo que habían tomado los hechos. Mi presupuesto de estudiante con todos esos gastos inesperados se iba reduciendo como el tiempo en un reloj de arena. No tenía ni idea de qué hacer en esos momentos hasta que George me preguntó si quería acompañarlos al aeropuerto para comprar un billete de avión a Moscú. La oferta sonaba tentadora, pero ¿cómo comprarme ahora un billete de avión? A pesar de la incomodidad que sentía, accedí a su generosa oferta de comprarme el billete y llegar después de tantos años a visitar a mis queridos abuelos y ver con nuevos ojos aquella ciudad que me vio crecer. Después de aquella experiencia, viajar en tren ya nunca volvió a ser lo que era, y además para ponerle la guinda al pastel nuestro avión llegó tres horas antes que el tren.
Ahora en este viaje por las Américas, he decidido visitar en Colorado a mis queridos amigos George y Janet, esta vez sustituyendo el tren ni más ni menos que por el Greyhound bus, aunque hacer un viaje en uno de estos autobuses no tiene desperdicio y da para escribir un libro, pero esto lo dejo para el próximo post.

 

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